Cuando pequeña básicamente obligaba a mis padres, precozmente desencantados de la política nacional (de la internacional también, pero esa es otra historia), a ir a votar. Hoy entiendo un poco más su desencanto y su falta de ánimos, aunque ahora vamos juntos.
Mi abuelo y mis padres me inculcaron una conciencia cívica desde el preescolar y desde entonces la voz en mi mexicano cerebro no se ha callado. El problema es que conforme la situación a nuestro alrededor se complica, la voz se vuelve más fuerte pero la escucho más confundida. Antes marcaba un camino a seguir, tenía reglas específicas y, al menos en cuestiones patrio-cívico-políticas, me daba un patrón bastante claro de lo que era el bien y el mal. Hoy día levanta una grosera cantidad de preguntas antes de emitir juicio alguno.
Me sobrepongo a la dificultad de la madurez, me da gusto pensar, razonar, analizar. Lo que no disfruto es la cantidad bárbara de preguntas sin responder, y más a aún, las que aquellas luego de análisis se me responden luego como erróneas.
Los últimos años la justicia ha ido mutando, la democracia ha pasado por varios disfraces -siendo mi favorito el de la burda partidocracia disfrazada de oligarquía-, y los ciudadanos hemos terminado confundiendo nuestro papel como parte activa del país haciéndolas de siervos, de fieles testigos de los varios mesías políticos, de hijos abnegados de la Madre Patria, y el próximo año de mexicanos orgullosos de nuestra historia.
El mexicano dentro de mí está confundido y no entiende la lucha contra el narco, el paquete fiscal, los festejos del bicentenario de la Independencia y los cien años de la Revolución (así con mayúsculas porque son súper importantes), los bajos niveles de competitividad, civismo y educación, la falta de visión y el conformismo que se apodera de nosotros porque creemos que no nos van a asaltar o matar entonces podemos soportar todo lo demás.






